INTRODUCCIÓN

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“A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo” Jean de la Fontaine

Aquí estoy otra vez, en este pueblo que nunca conocí pero que he visto muchas veces. Es un lugar pacífico, sus habitantes son pescadores y granjeros; adultos mayores, mujeres y niños que viven en un oasis de la región del Norte donde impera la paz.
Estoy de pie, rodeado por gente alegre y trabajadora. Lo recuerdo como si hubiera vivido aquí.
Veo a lo lejos, a la orilla, una vieja choza que llama mi atención. Camino despacio hacia ella, trato de descifrar una silueta que se asoma por la ventana; es un anciano, él observa con atención cómo la noche poco a poco se adueña del cielo.
Parece sonreír con la primera estrella, aquella que se le conoce como estrella Kaeto en honor a uno de los héroes más grandes de la historia. Siempre aparece muy cerca de la luna, todas las noches es su fiel compañera.
El anciano suspira con tranquilidad, parece disfrutar del regalo de la noche y de su luz apacible.

Pero…algo ocurre, su rostro que figuraba una sonrisa, adquiere un gesto de horror. Una vez más, es el gesto que se convierte en la primera chispa de un incendio sin control.

Son ellos otra vez, se acercan a gran velocidad como lo hacen siempre. Guerreros de armaduras negras marchan al pueblo. Algunas de las personas se dan cuenta y salen corriendo alarmando a toda la gente.
Intento hacer lo mismo, quiero advertirles del peligro, pero mi voz no se escucha, grito con fuerza ¡Nunca la escuchan! Trato de corer, mis pies no se mueven.
Los Guerreros están a pocos metros de la choza del anciano, cargando la bandera del Imperio Anleky, el imperio que se encuentra detrás de las montañas.
Nunca se habían molestado por atacar a un simple pueblo de pescadores. Pero ahora todo es diferente. Traen armas listas para el combate, espadas, lanzas y arcos; todo preparado para apoderarse del último oasis de la región.
Mis pies están paralizados, sólo puedo ver, algunos de los guerreros toman varias antorchas y las arrojan sobre los techos de paja, las chispas que se expanden en pocos segundos.

¡¿Por qué diablos lo hacen?! ¡¿Por qué no puedo moverme?!

La gente corre con todo lo que puede llevar en sus manos, pero el anciano sólo observa. Las llamas consumen todo a su paso, tiñen el cielo con un tono rojo, hasta que ya no puedo ver la vieja choza.
Entre el caos de la multitud siento cómo las personas traspasan mi cuerpo como si no estuviera ahí. Extiendo mis brazos para sujetar a una pequeña niña que corre asustada, es como si no existiera. Me atraviesa, sigue corriendo y llorando.
Los Guerreros ni siquiera se inmutan ante mis gritos, mis insultos ¿Es que me están provocando? ¿Qué diablos pasa que no puedo hacer nada?
El rojo del fuego comienza a mezclarse con colores carmesí más brillantes que parecen latir con vida. Es la sangre de los inocentes, personas que pagan con sus vidas la ambición del Imperio del Norte.
Los hogares se consumen, la gente no puede hacer nada. Tratan de defenderse con simples armas improvisadas: palas, escobas y piedras; no hay piedad, sólo gritos y desesperación. Separaciones, muertes.

Cierro los ojos con fuerza, quiero dejar de ver otra vez todo esto porque sé cómo acabará ¡Ya no más! ¡Ya no quiero ver más!

Mis ojos se abren y me doy cuenta que ya no estoy en el mismo lugar, ahora me encuentro entre muros destruidos de lo que parece fue una casa. Hay alguien aquí, es una mujer, me acerco despacio, no logro ver su rostro pues se cubre entre las sombras.
Indefensa y desesperada, sujeta en sus brazos una extraña carga envuelta en una tela azul apenas manchada por las cenizas.
Estiro mi mano para poder ayudarla y nuevamente mi cuerpo se paraliza ¡Odio que pase esto! Porque sé exactamente lo que sucederá.
Los Guerreros de armadura negra están aquí buscando sobrevivientes. La mujer, por más que trata de esconderse recogiendo sus pies y agachando su cabeza, es muy tarde, ellos la encuentran.

-¡Malditos! ¡Déjenla en paz o juro que lo pagarán muy caro!- Insisto, gritando con fuerza, parece que mi voz sólo la percibo yo.

La mujer trata de aferrarse a la vida, ha dado su último respiro. Uno de los guerreros toma su arma, no puedo moverme, trato de cerrar los ojos pero la escena sigue ahí.
Alguien interrumpe la ruta de la espada, un hombre que protege a la mujer con un rastrillo de hierro, un granjero que le da la oportunidad de escapar. Me alivia que esté ahí pero me inunda un gran sentimiento de tristeza porque tampoco puedo ver su rostro.
Sujeta con fuerza lo que era su herramienta de trabajo y que ahora es la única defensa, mientras la mujer sale corriendo sin mirar atrás. Ella escapa del trágico escenario, sin poder dedicarle una despedida a ese hombre.
Mi corazón palpita con velocidad cuando me doy cuenta que lo que carga con tantas fuerzas entre sus brazos es un bebé, es lo único que la mantiene con vida.

-No dejaré que te pase nada, hijo mío- le susurra con ternura, sujetándolo junto a su pecho. La escucho, yo sí puedo escucharla pero ella a mí no ¿a dónde va?

Sigue susurrando cosas hermosas, la voz de la mujer es tan clara como una brisa, pero su rostro no, sigue oculto en las sombras.

Cierro y abro los ojos llenos de lágrimas, no estoy donde mismo ¿Dónde estoy? Veo a lo lejos ese pueblo, sólo hay una enorme columna de humo oscuro a gran distancia.

¡Ahí está! ¡Es ella! Ha logrado salir del pueblo pero sus pasos comienzan a flaquear, el humo llega a sus pulmones. El bebé llora y ella cae de rodillas. Quiero acercarme pero no puedo ¿quién está jugando conmigo? ¿quién me sujeta como marioneta? ¿quién?
¿El destino dejará que ella y el bebé corran la misma suerte que la gente del pueblo? Esto ya no lo recuerdo…Agacho mi cabeza, no puedo hacer nada, alguien me está obligando a ver esto.
Un grupo de hombres se acerca, la mujer ha dejado de respirar. Visten trajes extraños, con detalles dorados que brillan como estrellas…me parecen familiares.
Uno de ellos se pone de rodillas junto al cuerpo, sujeta al bebé y lo abraza. Coloca sus manos sobre el rostro de la mujer que nunca veré y suspiro.

Ese suspiro lo siento en mis pulmones, me despierta de golpe. Otra vez he tenido ese sueño, ese sueño que desde hace años me atormenta. Estoy sudando, siento mi respiración acelerarse cada vez más.
Trato fallidamente de recordar el rostro de mi madre y de mi padre, pero se han perdido en mi memoria, se han consumido por el fuego.
Me toma tiempo regresar a la calma, recordar la realidad. Veo a mi alrededor y sigo donde mismo, en el dormitorio de los Guardianes del Monasterio Kaeto. “Ahora soy miembro de la Orden” me repito constantemente.

Quiero volver a dormir pero el temor de tener nuevamente ese sueño me obliga a mantener los ojos abiertos.

A través de la ventana del dormitorio, observo la luna y la estrella brillante que siempre le acompaña. Hace años que entreno aquí, quiero ser parte de quienes traen la justicia, acabar con las guerras como la que me arrebató a mi familia.

Este lugar es el Monasterio Kaeto, está construido en lo alto de un volcán inactivo, a más de 720 metros sobre el nivel del mar. Rodeado por un bosque tan denso, que es una verdadero laberinto.
El Monasterio está protegido por grandes muros de piedra, la única forma de atravesarlo es por medio de una gigantesca puerta de hierro, que sólo se abre en ocasiones especiales.
Al interior se ubican los dormitorios y almacenes; pasillos que rodean jardines y conducen al Templo Principal, a la Biblioteca y la Plaza de reunión. Todo construido con el mismo material, piedras que alguna vez fueron blancas y otras de tinte rosado, pero hoy lucen desgastadas y grisáceas.
En este lugar practicamos la agricultura, tenemos campos que nosotros mismos cuidamos, frutas y verduras para nuestro consumo. Pozos de agua, jardines; todos los servicios necesarios para nunca salir de aquí.
Nos mantenemos aislados del mundo, con la única misión de protegerlo. El Monasterio es un lugar misterioso para algunos, impenetrable para otros e incluso una prisión, pero para mí es lo más cercano a un hogar.

¿Cómo terminé aquí? Los Guardianes Kaeto fueron quienes intentaron ayudar a mi madre y quienes derrocaron al Imperio del Norte, al Imperio Anleky.
Khun, el Sabio, uno de los hombres de más alto rango de la Orden, salvó mi vida y me adoptó. Es mi padre, ha cuidado de mí y me ha educado.

Durante 12 años me mantuve al margen de todo lo referente a la filosofía de la Orden Kaeto, viví una infancia normal, siempre me sentí protegido porque por mucho tiempo fui el único niño dentro del Monasterio.
Cuando crecí me di cuenta que estaba aquí por alguna razón, que había sobrevivido para cumplir una misión. Así que comencé un entrenamiento al lado de mi padre, mi deseo era convertirme en Guardián de la Orden.
Fueron dos años de intenso entrenamiento, pero finalmente lo logré, el Guardián Kaeto más joven de la historia de la Orden.
Actualmente no superamos los 50 integrantes pues realmente no somos un ejército. Existimos para proteger siguiendo la guía del Descendiente de Kaeto.

¿Quién es el Descendiente? La única persona en el mundo que posee la sangre de mago, la sangre de Kaeto. Él vive en el Monasterio, aunque no le he visto, nunca ha salido del Templo principal. Se dice que el Descendiente, con la ayuda de sus poderes, garantizará la paz y prosperidad de la humanidad.

CONTINÚA DESCUBRIENDO LOS SECRETOS DEL MONASTERIO EN: La Orden Kaeto

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